71 Escritores
Desde muy pequeño leí cuánto caía en mis manos: poesías, teatro, tragedias griegas,
filosofía. Lo que fuera.
Mis primeros grandes compañeros fueron Emilio Salgari y la coleccion Robin Hood.
Abandonaba, y todavía lo hago, los libros cuyas primeras líneas no me resultan atractivas,
de modo que hay autores que simplemente no he podido leer. Entre ellos, Isabel Allende.
También hay autores que han escrito obras cuya mayor parte he abandonado tras pocas
páginas pero que escribieron otras que me parecen magníficas. Entre éstos, Mario Vargas
Llosa. Grandes son su novela “La casa verde” y su ensayo “La orgía Perpetua”.
Su ensayo sobre “100 años de soledad”, incluido en la edición por los 50 años de esta
obra, es probablemente el más brillante y completo ensayo escrito sobre ella, aunque
Vargas Llosa, impermeable a la poesía, no hace mención alguna a lo que en mi opinión es
el aspecto más relevante de esta novela del inmenso García Márquez: es un poema en
prosa.
Durante la mayor parte de mi vida sentí un profundo desprecio por los críticos literarios.
Me negaba a leer cualquier crítica.
Probablemente fue Camille Paglia, con “Sexual personae”, libro que comparo con el techo
de la Capilla Sextina por el esfuerzo que significa una obra de tal calidad y magnitud, me
hizo cambiar de parecer. Me reconcilió con los críticos, lo que me permitió admirar la obra
de Harold Bloom, la que en mi opinión llega a su cúspide en “La invención de lo humano”.
Sin duda discípula de McLuhan, Camille Paglia hace uso de la prosa no perspectiva, estilo
desarrollado por Harold Innis de quien Marshall McLuhan se declaraba continuador.
Paglia, experta en Shakespeare y en cultura occidental esconde el hecho de ser discípula
de McLuhan.
Cuando tenía tal vez 16, caminando una tarde por la galería del cine Olimpo, a un costado
de la plaza de Viña del Mar, encontré en una librería “Historias de cronopìos y de famas”,
de Cortázar, libro que adquirí por un dólar.
Mientras caminaba con esa pequeña joya en mis manos, sus asombrosas páginas me
hicieron inmensamente feliz. Me dije asombrado que por un dólar se puede comprar la
felicidad.
Cortázar no quiso admitir su condición de poeta. Consagró su vida a la ambición de ser
novelista. Con ello la humanidad perdió un gran poeta.
Muchos años más tarde conseguí una excelente traducción del libro “El artista como un
joven cachorro” del poeta Dylan Thomas, que con ese título parodia el título del famoso
“Retrato del artista adolecente”, de James Joyce.
Thomas narra alrededor de 10 cuentos de su infancia y lo hace con una exquisita mezcla
de poesía y de humor que me hizo sentir nuevamente que la lectura de un libro me
producía una incontenible felicidad.
Recuerdo que conseguí este libro en la miserable librería del aeropuerto de Maracaibo.
Viajé leyéndolo sentado en clase ejecutiva, a las seis de la mañana, en vuelo a Caracas
durante una de las mil espantosas crisis financiera y económica que atravesaba Venezuela.
Entonces a esa hora de la mañana yo me reía a carcajadas en clase ejecutiva rodeado de
empresarios que iban probablemente sumidos en la profundidad de sus problemas. Uno
de ellos no pudo contenerse y me dijo usted parece que no se da cuenta de la situación
que estamos viviendo.
No pude explicarle que mi felicidad surgía de ese pequeñísimo libro del inmenso Dylan
Tomas.
También en la modestísima librería del aeropuerto de Maracaibo encontré el libro “El
Filosofo y la Violencia”, de Francois Laplantine, extraordinaria obra en la que este
antropólogo se refiere a las cuatro y solo cuatro razones o explicaciones que a lo largo de
la historia el hombre ha logrado formular para justificar su propia violencia, su
comportamiento violento, su capacidad, por ejemplo, de dar muerte a otros.
En mi juventud mis grandes compañeros fueron los exponentes del existencialismo moral:
Unamuno, Albert Camus y Pirandello. Los menciono en el orden en que llegué a ellos
De Pirandello me causaron profunda impresión muchas obras. Probablemente leí casi
todo su teatro, sus más importantes novelas, entre ellas “Los gigantes de la montaña”,
obra inconclusa. Entre sus novelas destaco “Uno, ninguno y cien mil”. En su teatro, “Seis
personajes en busca de autor”, obra que fue determinante para que le otorgaron el
premio Nobel de literatura.
En ella Pirandello entre otras cosas plantea que “la naturaleza se vale de la fantasía
humana para proseguir su labor creadora”.
Este planteamiento no es original de Pirandello: es intuición del gran Ben Johnson,
dramaturgo contemporáneo de Shakespeare, quién pidió ser enterrado aunque fuera de
pie en la Abadía de Westminster, donde están sepultados muchos grandes hombres. Y así
se hizo con los restos de Johnson.
De Albert Camus, muchas obras y publicaciones en periódicos de los días en que se
discutía qué hacer con los colaboracionistas tras rescatar Paris de manos nazis.
En su obra más importante, “El hombre rebelde”, busca un sentido moral a la existencia
humana.
A pesar del nihilismo imperante rescata que hay algo en común, en y entre todos los
hombres.
Esa condición común permite formular la tesis de que la solidaridad sería el punto de
partida o la piedra fundacional a partir de la cual construir la moral.
Cabría incluir a Aleksandr Solzhenitsyn entre los existencialistas morales.
Hasta donde lo conozco él se consideraba un historiador comunista.
Para mí fue un ejemplo moral inigualable.
La suya es sin duda la más fuerte influencia que una persona haya tenido sobre mí.
Ejemplo de fuerza, de coraje, de pasión, de rigor, de humanidad, de principios
intransables. Fue para mí lo que imagino que es Jesucristo para los cristianos: un ejemplo
de vida cuya perfección parece inalcanzable.
Otro ejemplo de vida fue para mí William Blake, quien refugiado en la poesía y en el
grabado fue capaz de mantener una clara visión contraria a la filosofía predominante en
su época que era la del iluminismo o el racionalismo, que sostenía que el desarrollo del
saber nos conduciría a ser hombres enteramente racionales.
Blake nunca creyó en eso. Siempre vio al hombre como un ser profundamente complejo
Uno de millones de ejemplos de esta complejidad fue el inmenso Edgar Allan Poe en cuya
poesía “Ulalume” se enfrentan su mente y su alma al extremo que una le dice a la otra,
cuando la ve siguiendo a una estrella lejana, “tristemente desconfío de esa estrella”.
Esa mente o razón Blakeana con tristeza teme otro fracaso en el camino tras una visión
por donde quiere llevarla el corazón o la pasión también Blakeanos, “Humanos,
demasiado humanos” como decía Unamuno.
Entre las grandes obras literarias debo mencionar “100 años de soledad”, de García
Márquez. Probablemente sea la más grande novela de todos los tiempos.
También cabe mencionar el Quijote, de Cervantes. Durante mis años de estudiante
universitario, mantuve el Quijote en mi mesita de noche. Leía cada día un capítulo de esta
obra
Las grandes novelas de todos los tiempos deben incluir “Los versos satánicos”, de Salman
Rushdie (1988), quién con esta obra es para la religión islámica lo que Voltaire fue para el
cristianismo.
Pocos años despues, con “La rabia y el orgullo” (2002), Oriana Fallaci levanta potente
alerta sobre el devastador riesgo que el islam representa para la cultura occidental.
Entre las obras de “no ficción” que más me han impresionado, están “El Contrato Social”,
de Rousseau, “Understanding media” y “La galaxia Gutenberg”, de McLuhan; y
“Por qué las naciones fracasan”, de Acemoglu y Robinson.
Esta última obra me parece tan importante y trascendental que es el único de todos los
libros que he leído que considero que debería ser de lectura obligatoria para todas las
personas.
Por su contribución al conocimiento del terrible y sanguinario absurdo que es el
comunismo, religión de incapaces, destaca “La gran hambruna China”, de Frank Dikötter.
Extraordinario Ensayo: “Hólderlin y la esencia de la poesía”, por Martin Heidegger.
La mayor parte de los escritores contemporáneos han sido aduladores de los dictadores
de izquierda. Neruda escribió una “Oda a Stalin”, el uruguayo Galeano, el de “las venas
abiertas de América latina”, tuvo siempre sus venas abiertas para arrodillarse ante Fidel
Castro. El inmenso García Márquez fue lame botas de este dictador con quien compartió
las mieles de las que éste disfrutaba mientras para su pueblo solo tenía cárcel, hambre y
muerte.
Entre los pocos que han tenido el coraje de denunciar y repudiar estas terribles
dictaduras están Vargas Llosa, Roberto Ampuero y Jorge Edwards.
Hoy, en la era del copypaste y de la inteligencia artificial abundan los novelistas cuyas
obras son en gran parte solo material de relleno: incluyen personajes y hechos históricos,
lugares famosos, citas, decripción de pastelería y comidas y hasta recetas de cocina!
Y sus editores las venden como la mejor obra del año.
Habría muchas novelas-relleno que mencionar. Entre ellas, “La ciudad de los prodigios”,
de Eduardo Mendoza G., y “Las fiebres de la memoria”, de la excelente poeta Gioconda
Belli.